

Mientras caminaba por la Puerta de Damasco y por la parloteante Ciudad Antigua, varios musulmanes corrían por las estrechas calles para asistir a las oraciones de la mezquita en el Templo del Monte. Horas más tarde, un grupo de europeos católicos se reunía para llevar enormes cruces de madera a la Vía Dolorosa, deteniéndose en cada estación del Vía Crucis. Pronto los fieles cantaban y bailaban en círculos con la cabeza echada hacia atrás, festejando la llegada del Sabbath.

Me acerqué a la iglesia del Santo Sepulcro –lugar donde Jesús fue crucificado y enterrado- y encontré peticiones en mandarín, algunos rusos intentando besar un ícono y un hombre etíope leyendo la Biblia. En la iglesia, cantos de monjes americanos estremecían las viejas paredes y los franciscanos llevaban sus oraciones hacia uno de los balcones. ¿A dónde acudir?, ¿en qué creer? Sentí que había desembarcado en un sitio donde se fusionan los lugares más intensos.
El sol apenas salía cuando entré por primera vez en esta ciudad de pasiones furiosas. Un autobús nos recogió del aeropuerto Ben Gurion en Tel Aviv para llevarnos a la ciudad. El moderno Jerusalén tenía una mirada inconclusa, como si los urbanistas la hubieran construido y abandonado.
Antes de llegar yo sabía que escribiría sobre Jerusalén, sitio en el que la política y la religión están tan entrelazadas que es casi imposible extraer un solo pelo sin sacar otro. Sin embargo, mientras caminaba por la ciudad el primer día, sentí que las tensiones políticas eran tan viejas como sus colinas. Sus nombres eran peculiares, pero su tono no era tan diferente a los que había visto en Sri Lanka y Beirut. La esperanza de que las religiones fueran más allá de sus diferencias, unirnos en una aspiración en común y la insistencia de cada religión en crear sus divisiones, eran parte de nosotros.

Este no era sólo un lugar en donde las tradiciones confluían (unas veces armoniosas y otras polémicas), Jerusalén era más un mapa de la imaginación humana, un diagrama del subconsciente donde la entrega y el miedo se unían.
Pensaba (antes de venir) que Jerusalén no era un modelo complicado en momentos como este, donde las religiones que hablan sobre “unidad” cumplen más con las divisiones y la guerra. Ahora venía a ver eso, Jerusalén no sería sólo un lugar para experimentar la religión, sino para verla de manera distinta, tratando de percibir las acciones de los humanos como respuesta a la santidad dentro de este lugar. Este sería el sitio en donde me gustaría hacer una peregrinación.
Días más tarde, volví a la Puerta de Damasco, dejando las limpias y amplias calles de la moderna ciudad para encontrarme en una cacofonía antigua. Pequeños niños corrían por las atestadas callejuelas, llevando tazas de té sobre sus cabezas mientras sus hermanos mayores empujaban carros llenos de suministros.
Quien viene a Jerusalén, viene en calidad de testigo. Cuanto más viajas por sus alrededores, más admiras a sus visitantes. Había pocos mochileros –Israel es un lugar costoso- y la gente que lo visita no son los típicos turistas. —PICO IYER
